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El PuebloEl Pueblo
Eran alrededor de las dos de la mañana de un típico fin de semana, conducía mi viejo Chevrolet por la carretera hacia la vieja costa de Ocumare - aun se me eriza el cuerpo cuando trato de recordar-. Era una noche común de vacaciones, todos mis amigos me esperaban en una muy posible fiesta. Iba tarde y quizás no tenia ya mucha oportunidad de disfrutar antes de que todos hayan perdido el sentido de tanto alcohol. Luego de girar en la muy cerrada curva llamada “el caracol”, que en ese momento era aun más difícil de transitar por la niebla que caía; mi reproductor de música se apago repentinamente. Lo mire con mucha rareza, en mi viejo carrito fallaban muchas cosas de ves en cuando pero nunca el sonido, eso siempre estaba en perfecto estado. Mire el radio tratando de buscarle explicación, lo toque buscando encenderlo, nada parecía volverlo a la vida. Ninguna intención de prender de nuevo. Bueno pensé quizás sea un fusible, en fin creí poder recorrer los kilómetros restantes sin mi amada música. La montaña esa noche –lo recuerdo claramente- estaba muy oscura solo un destellante baño de luna caía en algún momento, cuando las densas nubes la dejaban brillar. Pero sobre todo comencé a sentir un enorme frio. Tanto que me obligo a cerrar casi por completo las ventanas del auto. Sin música decidí hacer sonidos con mi boca y tratar de cantar algo con mi horrible vos, de esa forma hacer algún sonido diferente al del motor y los cauchos del auto al torcer en cada curva. Montaña adentro la niebla se hacia mas y mas espesa. Al terminar de pasar el puente sobre algún rio que no recuerdo el nombre, las luces del carro se pagaron por completo, todo en el tablero interno del auto dejo de brillar, -Que diablos. Exclame, no puede ser que esto me pase a mi aquí y a esta hora. Detuve el auto, no veía prácticamente nada, todo era un solido silencio y una oscuridad profunda, busque una linterna y me acosté bajo el tablero buscando la fusilera. No lo entendía todos los fusibles estaban en orden, ninguno se veía quemado. Por mi mente comenzó a pasar algunas teorías medio ridículas de el porque había fallado el sistema eléctrico y que debía hacer para solucionarlo y salir de allí. Levante el capo y comencé a ver cable por cable, tratando de encontrar algún circuito o que se yo, algo que me explicara que demonios pasaba. No vi nada irregular. Pensé entonces que podía intentar seguir rodando despacio y alumbrarme con la linterna el camino, hasta que pudiera llegar ah algún caserío donde pudiera encontrar ayuda. Cerré el capo y entre al carro pero al girar la llave para encenderlo no emitió sonido alguno, estaba muerto. -No puede ser, me dije. Algo serio tuvo que haberse dañado. Luego de algunos minutos meditando, tome la decisión de caminar hasta un caserío que yo creía estaba cerca, posiblemente por ser fin de semana y vacaciones alguien estaría despierto tomando en alguna licorería. De esa forma emprendí mi caminar con mi linterna en mano. Dejando mi auto cerrado y orillado a un lado a fuerza de empujarlo. No podía negar que andar a esa hora bajo tanta oscuridad y en plena montaña me pusiera bastante nervioso, sobre todo por la densa niebla que no dejaba ver casi nada a más de unos pocos metros. Pero algo si notaba extraño: el silencio; Nada hacia sonido, ni un simple insecto, nada. Era muy raro siempre los grillos o las ranas mantienen sus cantares por casi toda la noche. Mantuve mi paso, concentrando mi mirada en la línea blanca del borde de la carretera y mantenía mis pensamientos imaginando como estarían a esa hora los muchachos en la playa sobre todo David y el Chuchi que son los que mas se afincan a las botellas. Eso me hacia sonreír, cosa que entretenía mi cabeza fuera de cualquier idea atemorizante. Había recorrido varios metros quizás un kilometro, cuando escuche claramente el sonido que hacen unos pasos sobre la arenilla que se acumula sobre el asfalto justo detrás de mi. Gire bruscamente hacia atrás alumbrando con mi linterna, pero solo lograba ver una pared blanca de niebla. Apenas segundos de voltear, el sonido cesó. Comencé a ponerme mucho más nervioso. Trate de proseguir mi andar, ahora con un poco mas de apremio. Segundos pasaron y nuevamente sentí el golpeteo de esos pasos detrás de mí. Esta ves me detuve gire hacia atrás y comencé a caminar revisando con detalle, si es que algo me seguía; que se yo un animal o peor alguien queriéndome asaltar. Di pocos pasos pero nuevamente al voltear el sonido se detuvo. Ya para ese momento una gran cantidad de cosas pasaban veloces en mi mente. Gire hacia mi ruta de nuevo y reanude mi andar esta vez mucho más rápido. Justo allí sentí algo, la presencia de que algo te observa y que esta allí, sentí que en verdad alguien me seguía y los nervios se dispararon; correr desesperadamente fue lo único que mi cuerpo entendía debía hacer. Los pasos detrás de mi reanudaron e iban en aumento igualando los de mi carrera. Maldición alguien me esta persiguiendo. - Grite que coño quieres, déjame en paz, mientras miraba hacia atrás de mi. Estaba espantado, no sabía que hacer sino correr, no pensaba en nada, solo huir. A cada instante trataba de mirar hacia atrás, pero solo lograba ver una pared negra. Al doblar en una curva pude divisar a lo lejos el resplandor de un bombillo, difuso en la neblina. Sentí un mínimo alivio, alguien podría ayudarme, los pasos detrás de mi no se detenían, el monte alrededor de la vía parecía asecharme. Cada vez los sentía mas cerca. Estaba en pánico. Corría como nunca antes. Al fin entre en la parte iluminada por los postes de luz, que hacían una línea por todo el pequeño caserío, en eso un maldito perro salió de la nada a perseguirme ladrando sin parar, sentí que mi corazón se iba a detener, le grite al estúpido perro algo que no puede modular como palabras. De repente los pasos detrás de mi perdieron su sonido. Mire hacia atrás y me detuve en medio de la carretera. Alumbre por todos lados en dirección al camino por donde venia, jadeando y exhausto. No veía nada, solo el estúpido perro ladrándome. Trate de calmarme, necesitaba aire, estaba a punto de rendirme. Doblado sobre mis rodillas observaba alrededor aun nervioso buscando señal de alguna persona, pero no divisaba a nadie, era el típico pueblito rural de casas descuidadas en el frisado, algunas de adobe rotas en los biseles; techos de lata y una que otra con tejas descoloradas. Entre mis miradas pude ver un letrero que identificaba al pueblo: Guamita decía en verde y blanco. Ya habían pasado algunos minutos mi pulso trataba de volver a la normalidad, pero aun mis cerebro se mantenían destellante. Todo el sitio se veía desierto y yo no movía la vista por donde vine, aun no me sentía para nada seguro. De momento revise hacia el lado contrario y a algo más de una cuadra de donde me encontraba vi la silueta de una persona que cruzaba la carretera de una casa a otra. La neblina aun molestaba pero las luces amarillentas de los postes dejaban alguna claridad. Estaba seguro, alguien había cruzado la calle. Me desplace hacia allá pensando que al menos alguien estaba despierto y podría conseguir ayuda. Siempre mirando de vez en vez a mis espaldas. Al llegar encontré una humilde casa con un pequeño porche al frente que albergaba una sencilla silla mecedora de paja y madera. Una mesita redonda estaba a su lado, con una botella de polar oscura a medio tomar. La puerta de madera de la casa, que entre varios raspones y desgarres aun permitían ver que estaba pintada de azul claro, estaba cerrada. De forma sorpresiva comencé a escuchar al fondo dentro de la casa como un radio mal sintonizado tocando un bolero que parecía ser lucho Gatica, decidí llamar ya que alguien estaba allí aparentemente. -Buenas, Buenas noches Espere por una respuesta, la cual no llego. Así que volví a hablar esta vez en un tono más alto, pensando que la música no dejaría escuchar - Buenas noches, disculpen necesito ayuda – esta vez acompañe mis casi gritos con varios golpes a la puerta-. Sin respuesta. Me dije a mi mismo -la maldita mala leche que tengo, ahora no va a contestar nadie en esta mierda. Voltee de nuevo por donde había venido y solo el perro se mantenía lanzando un ladrido a cierto intervalo de tiempo. - ¿Qué hago ahora? Me pregunte. Seguí escrudiñando el lugar, sin resultado. Ahora el ambiente inundado por el sonido descarrilado de la canción “el reloj” a lo lejos. Aun me preocupaba como hacer par regresar a mi carro si alguien en la vía me quería asaltar y a la final como arreglarlo para llegar a la playa, todo era una confusión de sensaciones. Un escalofrió inundo mi espalda, voltee y de un susto que acelero mis latidos vi a una niña parada justo a unos pocos metros detrás de mi. -Su madre… -fue la expresión que broto de mis labios- Era una niña como de unos 6 años con vestidito rosado bastante sucio que le llegaba hasta las rodillas con unas cintas bordadas que en algún momento fueron totalmente blancas, de cabello oscuro, morena con los labios bastante resecos –quizás por el frío-. Pero algo me llamo la atención: sus ojos. Muy oscuros y hundidos. A simple vista se notaba en sus mejillas el borde de las cavidades oculares, y toda la zona alrededor de sus parpados se veían negras, de casualidad podría ser sucio por jugar con tierra o algo así –fue lo que me dije a mi mismo buscando explicarlo-. Me miraba fijamente sin decir una palabra. Me pareció bastante extraño que una niña de esa edad estuviera levantada y sola, y lo que me estaba poniendo más nervioso era ¿de donde salió?, Yo no había escuchado nada, la puerta de la casa estaba cerrada así como las puertas de las otras casas alrededor. - Disculpa nena, tus papas podrían ayudarme por fa puedes llamarlos. Le hable. Pasaron varios segundos hasta que con una vos bastante quebradiza contesto: - están en la iglesia. En eso levante mi mirada hacia lo que minutos antes había notado sobre los tejados como una pequeña cúpula, se encontraba en la única calle que penetraba el pueblo hacia un lado de la carretera. Le dije a la niña: -Ok gracias mi amor. -Será que habrá algún evento o celebración tradicional me comente. Me moví hacia la calle que me llevaría hacia la que parecía ser la iglesia. Cruce la esquina y me encontré con una calle más oscura que la principal por no poseer los mismos postes de luz amarilla. Casas descoloradas sucias, con algunos afiches a medio arrancar de las elecciones presidenciales del 83. A lo lejos pude ver la iglesia al final de una segunda cuadra, parecía haber gente dentro se notaba algo de luz en su interior y la puerta abierta. Se escuchaba un murmullo de muchas personas como rezando, Al fondo el sonido del bolero se iba perdiendo a medida que me alejaba. Sentí algo de tranquilidad, el sonido de las personas me daban la sensación de que ya estaba seguro. Al llegar a la segunda esquina, cruce mirando hacia el final de esa otra calle a mi izquierda. Cuando veo a una niña parada debajo del primer poste de luz. Al principio no distinguí bien, pero segundos pasaron cuando caigo en cuenta que es una niña vestida igual con la que había hablado minutos antes en la casa a la orilla de la carretera. Cuando detallo, me percato que era la misma niña de los ojos oscuros hundidos. -que diablos es esta verga. Murmure, ya sintiéndome de nuevo nervioso. La niña yacía allí parada mirándome. Yo no la vi pasar, y en esa soledad no era difícil percatarse de que una niña pasaba a tu lado. Mi mente se estaba enrollando con pensamientos, explicaciones y simple sentimientos de temor e ignorancia plena de lo que pasaba. Enfoque mi mente y mis ojos en la iglesia donde notaba la silueta de lo que parecían ser personas sentadas, porque la luz dentro no era fuerte, el sonido de sus oraciones eran algo mas claro, rezaban el “El Credo”. Aceleré el paso terminando de cruzar la calle. Ya a mitad de la segunda cuadra, a medida que me acercaba a la puerta de la iglesia de repente el sonido de las oraciones se detuvo por completo. Un silencio helado interrumpido mis movimientos. Subí los varios escalones y levante mí vista hacia dentro de la iglesia. Mis sentidos colapsaron, mis ojos se movían rápidamente de lado a lado observando esa escena; no había nadie en aquel sitio. Unos candelabros parados justo detrás de la mesa donde usualmente se coloca el sacerdote daban luz a lo único que había allí: unos pocos bancos partidos, en pedazos la mayoría, y a unas imágenes de santos despedazadas, algunas sin cabezas otras sin brazos. Todas manchadas de marrón como barro. Ese lugar estaba totalmente destrozado. No sabia que pensar, no sabia que hacer, me sentí aterrado, ni siquiera reaccione en encender mi linterna. Correr hacia alguna parte fue lo que mi mente decía. Gire y cuando me disponía a una estrepitosa carrera, algo tiro de mi camisa por la espalda –no encontraría jamás palabras para describir esa sensación y muchos menos lo que continuo-. Con mi corazón latiendo a lo más rápido que en mi vida había sentido me di vuelta de un salto, liberando un fuerte alarido. Mi cara palideció, allí estaba ella. La misma niña mirándome fija y fríamente. Su cara estaba agrietada, su piel parecía caerse en tajos de pellejo. Transcurrieron algunos segundos muertos de movimiento, mientras nuestras miradas rebotaban una hacia la otra. Cuando de su rostro inicio un gesto de dolor arrugándose y soltando algunos pedazos de carne seca y sucia de su rostro, justo allí sus ojos -Dios mió sus ojos- se voltearon hacia arriba dejando ver solo el color blanco que comenzaba a inundarse de rojo, como si algo dentro se hubiera roto y los estuviera llenando de sangre, para luego desplomarse hacia dentro, era como si algo los hubiera jalado hacia dentro del cráneo, dejando ver un hueco de carne oscuro rojizo húmedo. Con huecos en lugar de sus ojos, y unas lagrimas de sangre rodando sobre sus huesudas mejillas, abrió su boca bajando su mandíbula tanto que se iba deformando, sus huesos sonaban a medida que se iban partiendo por la fuerza que hacia su boca hacia abajo. Todo ese gran esfuerzo se concentro para dejar salir un ensordecedor grito que irrito mis oídos, era como un aullido aterrador de varias voces en una sola. En mi mente solo chocaba una y otra vez un pensar: correr como nunca hacia cualquier parte. Cayendo al piso del temor me levante como pude e inicie a correr. Sin pensar, sin analizar nada, solo corría por instinto. Totalmente en pánico. Pase la primera esquina y por una absurda curiosidad mire hacia la iglesia mientras aun corría. Fue cuando logre ver algo que absorbió la poca conciencia me restaba. Personas o algo que las semejaba estaban saliendo de la iglesia totalmente vestidas de negro, como sombras. Eran muchas, mas de 20 quizás, no se le veían sus rostros, no se distinguían nada de su vestimenta, nada, solo podía ver que eran formas humanas completamente negras que aparentaban caminar pero no podía ver el movimiento de sus piernas, solo se desplazaban y lo peor todas venían hacia mi. En eso escuche de nuevo el rezar del credo. -No puedo evitar el temblar de mis manos mientras escribo-. Cuando dirigí mi visión hacia donde iba el resto de mi cuerpo corriendo, me percate que ya estaba en el medio de la carretera y en un instante unas luces encandilaron mis ojos. Mi único reflejo fue saltar tratando de esquivar algo que se vino hacia mí. Solo sentí un gran golpe en mi espalda y el sonar de un vidrio partirse, observe como todo al alrededor giraba hasta detenerme de un seco golpe en el asfalto, mi visión se iba borrando junto a la sensación tibia de algo liquido brotando de mi cabeza. Cuando logre recuperar algo de sentido, me encontraba en un modulo medico, pude descifrar que las voces y las formas que hablaban a mi alrededor, eran las de los muchachos, mis amigos. De inmediato sentí las suaves manos de una mujer tocando mi rostro mientras me preguntaba: -Como te sientes amor. Reconocí su vos, era mi querida amiga Aurora. Pero aun mis pensamientos y reacciones no encajaban. - El pueblo, había algo en ese maldito pueblo, murmuré. - Cual pueblo cielo, de que hablas. - ¿Puedes escucharme bien? Me pregunto. Asentí con la cabeza, soportando el dolor. - Como vimos que tardabas tanto en llegar y tu celular parecía sin red, decidimos ir a buscarte, claro todos estábamos algo tomados, pero Valmore insistió, pensando que te habías accidentado. Pero justo cuando íbamos a llegar a tu carro saltaste del monte hacia el medio de la carretera sin darnos oportunidad de frenar lo suficiente para no llevarte por delante. - El pueblo, el pueblo. Intente hablar de nuevo. - Cual pueblo mi amor, volvió a insistir Aurora, allí no había nada solo tu y el carro a una orilla de la carretera, junto al monte.
Eso fue lo último que recuerdo antes de dormirme de nuevo.
Eduardo R. Ciangherotti Caracas 22 de Enero de 2007
En 1987 cuando sucedió la llamada tragedia del “El Limón” donde el río del mismo nombre se desbordo arrasando con muchas casas y la montaña hacia Ocumare de la Costa se desprendió en avalanchas de barro y piedras, el pueblo de Guamita fue totalmente sepultado, perdiendo la vida prácticamente todos sus habitantes, todo sucedió a causas de las enormes lluvias que cayeron. No hubo aviso para esas personas, en pocos minutos el pueblo desapareció bajo toneladas de tierra y agua. Hoy solo quedan como vestigios algunas enormes rocas tapadas por la maleza, donde antes se podía ver una pequeña iglesia. SentirSentir
Mi reloj marcaba pocos minutos para que la media noche llegara y otro día muriera. Estaba tendido sobre el pasto mirando un oscuro cielo con pocas estrellas que mostrar con una tenue luna; divagaba entre sentimientos de culpa y razón. El viento acariciaba suavemente mi piel, lo que me hizo añorarla, extrañar su aroma, su sonrisa, su mirada, lo hermoso que es simplemente tenerla a mi lado. Entonces una brisa susurro a mi oído:
- ¿La necesitas?
¿Por qué el viento me preguntaba estas cosas? me cuestione, y sin perder la vista en el oscuro cielo le conteste:
- Siento que la he necesitado toda la vida cuando no esta.
El cielo fue dejando ver algunas luces titilantes entre las nubes. La sabana se llenaba de cantares por el roce de las hojas y el monte, cuando el viento les soplaba. Un resplandor llamo la atención de mis ojos, me levante para buscar su origen y descubrir a una pareja de luciérnagas jugando entre las flores de Lirios. Parecían divertirse tanto al corretearse una a la otra y esconderse tras los pétalos para salir veloces como sonriendo que al verlas sentí celos. Enojo de como disfrutaban cuando yo estaba solo entre sombras. Pero justo allí en las líneas que dibujaban al revolotear pude leer:
- ¿La quieres?
A pesar de extrañarme el porque las luciérnagas querían saberlo, les dije:
- Siento que la he querido toda la vida con tan solo escucharla.
Mi reloj ya marcaba un poco más de la media noche. Mi mente comenzaba a cobijarse en recuerdos. Tratando quizás de imaginarla a mi lado, pero por más esfuerzo que hacia mi imaginación no lograba igualar tal sensación. Frustrado decidí comenzar a caminar por el estrecho sendero que lleva hacia la quebrada. El aire se iba tornando cada vez más frió a medida que me acercaba. Las sombras y el sonar de los insectos eran mi única compañía durante mí andar. A los pocos minutos escuche el chipotear del agua, lo que indicaba que estaba muy cerca ya. Pocos pasos luego descubrí la hermosa quebrada danzando entre charcos y caídas de agua. Deje reposar mi cuerpo sobre una de las rocas que abundaban a su alrededor. Mire de nuevo el cielo para darme cuenta que las pocas estrellas que brillaban se iban escondiendo tras algunos oscuros nubarrones. Viendo el bello resplandor que aun la luna daba sobre las curvas que dibujaba el agua al caer; recordé como se ven las líneas de su cuerpo, como se siente el respirar agitado de su pecho sobre el mió, el ritmo de su piel al moverse junto a mi. Y con un suspiro recordé el aroma de su piel húmeda sedienta de caricias. Era un momento hermoso. En eso mi mente se interrumpió al escuchar como en un suave murmullo del agua entre las piedras algo que logre entender:
- ¿La deseas?
¿Por qué el riachuelo me lo pregunta?; y dije:
- Siento que la he deseado toda la vida con tan solo verla
Inesperadamente escuché un extraño ruido a mis espaldas, algo me asechaba, abatido por el miedo volteé rápido; pero sin percatarme que al mi cuerpo girar el frágil piso de tierra cedía a mi peso haciéndome caer de espaldas. Golpeándome fuerte rodé cuesta abajo por varios metros tropezando con cuanta piedra y palos habían regados. Hasta que de forma aparatosa me detuve al chocar con el agua. Quedando sumergido por algunos segundos, manoteando rápido para emerger y darme un poco de aire.
Cuando pude incorporarme, jadeando adolorido; a mí memoria llegaron recuerdos de lo duro que la he lastimado y de lo duro que ella me ha herido. De cómo el miedo puede destrozar los momentos más maravillosos. En ese instante lo vi, allí estaba sobre las piedras, un enorme cunaguaro inmóvil mirándome fijamente. Comenzó a gruñirme y entre sus sonidos entendí:
- ¿La amas?
Algo asustado me volví a cuestionar, ¿Por qué este animal me lo pregunta? Y alzando mi vos le conteste:
- Siento que la he amado toda la vida con tan solo tocarla.
El felino dio pocos pasos atrás y de la repentina forma que apareció se esfumo entre el monte alto de la sabana. Empapado y lleno de frió escurría mi ropa y frotaba mis manos una contra la otra buscando algo de calor. Aun adolorido decidí ponerme en pie, pensando que por más lastimado que estuviera debía continuar. Algo tambaleante decidí emprender camino a la hacienda; tenía que buscarla. Minutos más tarde detuve mi andar. Mire hacia el sombrío horizonte oscuro lleno de siluetas. En este momento caí en cuenta de que podía entender a mi corazón.
Siempre la he necesitado, siempre la he querido, siempre la he deseado y que jamás la he dejado de amar.
Corrí como nunca, tenía que buscarla y decírselo.
Abrí de golpe la puerta principal y me dirigí a su habitación chamuscando con agua donde quiera que pisara. Plasmado sin moverme observaba que ella no estaba. Recorrí toda la casa y ya cayendo en desesperación me pregunte:
- ¿Dónde esta?, ¿Por qué no esta aquí?
Salí y al llegar a los establos me desplome sobre mis rodillas al ver que el caballo Capino no estaba. Mi mente se confundió entre pensamientos.
- ¿Llegue demasiado tarde? Dije para mi mismo.
Exhausto me senté sobre la escalinata de la entrada. Aturdido y cansado el sueño fue venciéndome, mientras dos lágrimas se escapaban de mis ojos.
Una sensación de resplandor hizo abrir mis ojos. Al perder el desenfoque en mi mirada pude distinguir al sol amarillo naciendo entre los árboles, bañándome con su luz. Me levante y busque con mi mirada de un lado a otro. Es verdad se ha ido; pensé. Di varios pasos hasta llegar al peine, afinque mis manos sobre el alambre evitando las puntas. Miraba perplejo el amanecer. En eso vi como una linda mariposa roja y amarillo volaba danzante y se posaba sobre los nudillos de mi mano izquierda.
Observándola con asombro le pregunte:
- ¿Se ha marchado?
Y ella con un tenue zumbido me contesto:
- Tu haz sentido toda la vida que ella se ha marchado cuando siempre la tuviste a tu lado.
Eduardo R. Ciangherotti Noviembre 23 de 2006 La Brisa.La Brisa.
El aire se escurría sobre las praderas verdes. Por la caminerilla un hombre a pasos temblorosos avanzaba con firmeza. La brisa sacudía los árboles dejándolos soltar las hojas que ya estaban por desprenderse sobre el verde pasto. Se veía que algunos inviernos habían pasado sobre la mirada de aquel hombre, mientras la brisa manoseaba su cabello despeinando algunas canas. En su mano, oculta del ambiente, una margarita la cual protegía con delicadeza mientras seguía el caminado sobre los bloques desgastados de cemento. Ya el sol se desplomaba sobre la colina, mostrando sus rayos dorados de atardecer, haciendo crecer algunas sombras.
De momento aquel hombre se detuvo, con respiración agitada, pero sin dejar de asegurar la flor que escondía entre sus manos, levanto su cansada mirada hacia la explanada. Si era el lugar correcto –pensó- allí estaba ella. Reinicio su caminar lentamente hasta quedar a su lado. La observo por varios segundos en silencio, como admirándola, apreciándola. La brisa pauso su vaivén, todo se sereno bajo un silencio lento. Una voz grave y quebradiza susurro:
-Hola. Ha pasado mucho tiempo desde el día que decidiste marcharte de mi lado. Espero estés muy bien. ¿Y a mi?, no… a mi no me ha ido tan bien. Hago lo que puedo por sobrevivir.
Dejándose descansar sobre el borde de mármol, aquel hombre sentó su cuerpo despacio, sin perder la mirada sobre los ojos de ella, continuo:
-Sabes nunca entendí por decidiste irte. De verdad nunca lo entenderé. Mi vida eres tú y lo sabes. Sin ti mi alma ha comenzado a dejar de respirar, ha comenzado a ahogarse. Los días se me hacen largos, las noches oscuras. Se que pedirte que regreses es demasiado. Sé que nuestros caminos se han dividido.
La brisa comenzó de nuevo su mover. La luz se apagaba sobre la colina, mientras las sombras crecían, la tarde poco a poco iba oscureciéndose, dejando brillar un suave rojo entre el anaranjado color del cielo.
-Sabes un día como hoy hace algún tiempo atrás, ¿recuerdas?, estábamos juntos en casa. Fue una noche especial donde el cielo oscuro no cabía entre tantas estrellas. Hasta el aire se dejaba sentir diferente. Te recuerdo bajo ese vestido negro que se dejaba moldar sobre tu cuerpo. Nunca vi una imagen igual, nada era tan hermoso… nada lo será. La brisa se sentía fresca, suave.
Un suspiro profundo broto de la respiración de aquel hombre
-Aun recuerdo las copas brillando por el parpadear de las velas. Como nuestras miradas se cruzaban mientras tomábamos un sorbo de vino. Y como olvidar el aroma de piel, la suavidad de tu cabello y el dulce sabor de tu respirar.
Varias hojas empujadas por la suave brisa caían alrededor de aquel hombre mientras levantaba la mirada hacia el horizonte rojizo.
-Recuerdo como tu vestido cayo sobre la alfombra, y como tu pulso se agitaba, mientras devoraba tu piel. Recuerdo tu suave perfume al besar tu cuello; si lo recuerdo… como si lo respirara en este instante.
Un nuevo suspiro se dejo escuchar e inesperadamente un aguatar se desbordaba de los ojos de aquel hombre, y la brisa hizo caer una escurridiza lágrima que al final rodó hasta caer contra el cemento del piso.
-Esa noche amor mió fue especial, jamás había amado a nadie de esa manera. Recuerdo el balancear de nuestros cuerpos que tumbo las velas sobre la mesa. Y el sonido de tu quejar mientras rasgabas el mantel, son imágenes difíciles de olvidar en una vida. Como jalabas mi cabello para tratar de sostenerte, como nuestra respiración alimentaba a la otra. Aun lo recuerdo. Sabes que si. Pero al final esa noche te fuiste sin despedirte, simplemente no te volví a ver.
Ya la tarde se perdía entre las sobras de los árboles. Y la brisa enfriaba su sentir, él mirándola de frente prosiguió:
-Amor, solo he venido a decirte que la soledad aun no ha podido llenar el espacio que dejaste. Que algunas veces en las noches te siento a mi lado solo que me da temor preguntarte. Que amarte fue lo más grande que mi vida dejara en memoria. Aun te espero… de alguna manera te espero.
Los pasos de una persona apresurados se acercaban por la caminerilla, sin dejar pausa una mano se poso sobre el hombro de aquel hombre, a la vez que una vos le decía:
-Disculpe señor que lo interrumpa, pero ya es tarde y debemos cerrar, como sabrá el cementerio cierra a las 6 de la tarde.
Aquel hombre asintió con su cabeza, y mientras el guardia se alejaba, dejo ver la margarita que protegía entre sus manos. Y con suavidad la deposito sobre la explanada de mármol justo debajo de un retrato corroído por la humedad, que aun podía marcar el brillo del sol cayendo sobre el horizonte. Mirándolo dijo:
-Adiós cielo, esta flor es para ti, tu favorita… feliz cumpleaños.
La brisa dejo de sacudir esporádicamente los árboles y se limito solo a acariciar suavemente los pétalos de la margarita pocos instantes antes de que el sol muriera en la oscuridad de la noche.
Eduardo R. Ciangherotti 29/08/2005 |
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